Sobre el desasosiego y la confusión

Marzo 27, 2008

Acabo de leer La carretera y Meridiano de sangre de Cormac McCarthy y de ver una película basada en otra obra suya, No es país para viejos.

En la primera de ellas un padre y su hijo de corta edad intentan sobrevivir en un país devastado por una catástrofe nuclear y en la que los escasos supervivientes se dedican en su mayoría al canibalismo y a la rapiña.

Meridiano de sangre es el relato enloquecido de las andanzas de un grupo paramilitar de asesinos a mediados del siglo XIX en la frontera entre México y Estados Unidos. El grupo está liderado espiritualmente por el juez Holden, un ser violento, arbitrario y cruel que nunca duerme, al que le gusta tocar el violín y bailar, y que viola y asesina a niños de ambos sexos y afrima que nunca morirá.

 No es país para viejos cuenta la historia de una persecución, encabezada por Anton Chigurh, un asesino a sueldo sin escrúpulos que se considera un instrumento del destino. La novela sobrecoge por su extremada violencia y nos hace sentir una vez más el desasosiego de que sea posible concebir un mundo como éste.

 En sus obras McCarthy, al que algunos han llamado el escritor ermitaño o el nuevo Faulkner, realiza una inmersión devastadora en los aspectos más terribles de la violencia humana y por consiguiente en el desasosiego más profundo frente al sentido de la propia existencia.

Sin embargo, parece como si en su última novela, La carretera, en la que los protagonistas se refieren a sí mismos como “los buenos”, el autor, que a sus 75 años es padre de un niño de 8, se hubiera reconciliado parcialmente con sus demonios interiores y ello le hubiera llevado a imaginar un final no completamente devastador para el género humano.

Salgo de la literatura para volver a cuidar a una gata de 10 meses, que tiene parálisis progresiva y no controla sus esfínteres. No sé si se curará o no, y contradigo muchos consejos juiciosos que me dicen que lo mejor sería sacrificarla. Yo me resisto porque cuando me acerco a ella y la toco ronronea, se acurruca a mi lado y su mirada me transmite serenidad, una serenidad profunda que pasa por encima de la distancia que separa a nuestras especies.

La serenidad profunda

Marzo 26, 2008

La serenidad profunda es el final de la confusión.

Ya has llegado

Marzo 26, 2008

Ya has llegado al final de tu camino, y nosotros sabemos que llegar es importante, pero que lo es aun más reconocer aquello de nosotros que el viaje ha cambiado, y saber que en un viaje auténtico no sólo vamos dejando atrás lugares, personas, colores, olores o sonidos, sino también una parte de nosotros, y que por eso ya no eres la misma que cuando empezaste. No eres sólo una observadora, cuando el paisaje cambia tu lo haces con él. Los viajes que nos devuelven como cuando nos fuimos no merecen la pena.

Quedarme contigo

Marzo 26, 2008

En el Libro Tibetano de los Muertos se describen los rituales que deben realizarse con la persona recién fallecida para evitar su renacimiento y el inicio de un nuevo ciclo de sufrimiento, algo que caracteriza, según el budismo, a todos los seres vivos. Los budistas tibetanos creen que sólo es posible eliminar definitivamente el sufrimiento si se consigue evitar la reencarnación al haberse alcanzado el estado de Buda, lo que se conoce como “iluminación” y que puede ocurrir tras una vida virtuosa apoyada en la meditación y en el desapego a las cosas terrenales, o después de la muerte si el difunto, debido a su buen karma y gracias a las indicaciones que recibe del oficiante, consigue evitar el retorno alcanzando asimismo el estado de Buda. Durante un periodo que puede oscilar entre dos horas o dos semanas, el oficiante, que debe ser un monje, un familiar o alguien de la máxima confianza del fallecido, recitará a su lado las visiones que tendrá, que serán obra de su propio intelecto, y como debe evitar el temor, el apego o la melancolí­a que pueden llevarle a desear volver al mundo que acaba de abandonar. Si el ritual fracasa se deberá atravesar la llamada puerta de las matrices, lo que significa la vuelta a la vida terrenal, y en ese caso debe intentarse que la reencarnación se produzca en un ser humano o en un animal superior, lo que no siempre ocurrirá. Como no estoy seguro de haber sido suficientemente bueno y mi karma lo veo bastante feo, si me toca volver, quiero:

1.- Renacer como hombre y no como gusano

2.- Encontrarte

3.- Quedarme contigo

Bardo Thodol

Marzo 26, 2008

Los cuerpos más grandes de Dharma-Rajá, Señor de la Muerte, igualan a la vasta extensión de los cielos; los de talla mediana igualan al monte Merú; los más pequeños, que tienen dieciocho veces la altura de tu cuerpo, vendrán a llenar los sistemas de los mundos. Vendrán, mordiendo con sus dientes su propio labio inferior, con los ojos vidriosos, los cabellos anudados en la parte superior de la cabeza, anchos vientres, estrechos de cintura, llevando la tabla en la que están inscritos los pecados (KhramSig), gritando “¡pega!, ¡pega!”, lamiendo un cráneo humano, bebiendo sangre, separando cabezas de sus cuerpos y arrancando corazones. Así vendrán llenando los mundos.

Pero tú, ¡oh, noble hijo!, aunque tales pensamientos se te manifiesten, no te asustes ni aterrorices; el cuerpo que posees ahora, cuerpo mental de tendencias kármicas, aunque fuese golpeado e incluso hecho pedazos, no podrá morir. Y porque tu cuerpo es en realidad de la naturaleza del vacío, no tiene por qué tener miedo.

Los cuerpos del Señor de la Muerte son también emanaciones, radiaciones de tu intelecto; no están constituidos de materia; el vacío no puede herir al vacío. Fuera de las emanaciones de tus propias facultades intelectuales, exteriormente, los Apacibles, los Irritados, todas las Divinidades, los Bebedores de sangre, los de cabezas diversas, los fulgores de arco iris, las terribles formas del Señor de la Muerte, nada de todo esto existe, en realidad. Esto no ofrece duda.

Por consiguiente, sabiendo todo esto, todo miedo y terror son disipados por sí mismos y fundiéndose instantáneamente se obtiene el estado de Buda.

Bardo Thodol o Libro Tibetano de los Muertos

Los muertos

Marzo 26, 2008

Me despierto y pienso en los muertos. Pienso en mí muerto, me imagino desapareciendo de los recuerdos de los demás y me pregunto quiénes serán los últimos que me olvidarán. Sé que moriré muchas veces, cada una de ellas más definitiva que las anteriores. Desconozco cómo será la primera, pero podría describir perfectamente las que vendrán después acompañadas de un lento fundido en negro. Más que un ser terrible armado de una guadaña, la muerte se me presenta como alguien que barre lentamente pero a conciencia los rastros que hemos ido dejando por ahí.

Razono también que es difícil asumir la posibilidad de una muerte violenta, lo que por otra parte no es tan infrecuente y más adecuado si interesa ser recordado durante más tiempo, aunque en verdad no mucho. Eso sí, se admite fácilmente que esta muerte es menos definitiva que otras, como la de los viejos que mueren olvidados desde antes de morir, y medito entonces que recordar a nuestros muertos y esperar que alguien -o pagarle por ello, de esto la iglesia sabe mucho- lo haga con nosotros, es lo único que puede retrasar el inevitable punto final. Postulo además que para facilitar esta tarea es preciso cerrar las tiendas de antiguedades y prohibir los mercadillos en los que se negocia con objetos usados; sabido es que los objetos personales mantienen durante un tiempo la vinculación con los difuntos y por ello este comercio obsceno constituye una expresión horrible de los crímenes contra los muertos.

En mis visitas a los deliciosos cementerios de pequeñas ciudades del norte de Europa me entretengo en arrancar el musgo de las lápidas más antiguas, aquéllas que están a punto de desaparecer bajo el manto vegetal y cuyas inscripciones resultan ya prácticamente ilegibles, y me reconforta proporcionar instantes adicionales de recuerdo a un muerto casi olvidado (o muerto casi-muerto). En ese momento me siento un voluntario del recuerdo.

Mientras esto escribo, revivo dulcemente a algunas personas a las que quise y me doy cuenta de que ya me faltan detalles importantes. Actúo como lo haría un Dr. Frankenstein, reconstruyendo torpemente rasgos físicos que aparecen ya borrosos y vivencias entrecortadas, para dar lugar a un ser que muy poco se parece a nadie que haya estado vivo alguna vez. No sé si a mis muertos les gusta este ejercicio imperfecto o si les incomoda. Yo me concentro y me fatigo, ejercer de Demiurgo es pesado y es preciso descansar, al menos una vez cada siete días. Acabo sacando de un cajón viejas fotografías en blanco y negro y dejo que ellas hagan parte del trabajo, mis muertos me lo agradecen.

¿Y qué pasa con los recuerdos inventados?, podríamos preguntarnos. No hay problema, todos lo son parcialmente; evocamos imágenes filtradas por lo que queda de las sensaciones que tuvimos hace años. Es éste un ejercicio memorístico en cascada: en cada salto perdemos información y añadimos otra.

Y los muertos, ¿participan activamente en este proceso?. Desde luego que sí, sabido es que los que aún no han muerto del todo se sientan a veces en la mesa de los vivos, casi nunca al lado de los niños, pues prefieren la melancolía al ajetreo y se sienten más cómodos cerca de las personas que miran sobre todo hacia atrás y no tanto al lado de aquéllas que apenas tienen pasado. El espíritu navideño debe mucho a los muertos que vienen a sentarse en la mesa de los vivos.

Hay muertos compartidos (sobre todo los más recientes) y muertos particulares en los que ya sólo piensa alguien de vez en cuando. Éstos últimos son los más agradecidos, pero su presencia nos entristece y la rechazamos porque intuímos que no les queda mucho para convertirse en muertos-muertos (dícese de los definitivamente olvidados).

¿Es tal vez la historia la que puede devolverles la vida de forma sistemática?. ¡Por supuesto que no, de ninguna manera!, éste es un asunto que indigna profundamente a nuestros muertos porque obvia que el recuerdo importante no es otro que el anecdótico-afectivo, desprovisto de intereses científicos despersonalizadores. Para revivir hay que personalizar, no existe alternativa.

¿Y qué decir de los funerales? Nada, salvo que constituyen la ritualización del olvido, un acto en el que familiares, amigos y simples conocidos se reúnen para la postrer despedida. El adiós definitivo representado por la celebración funeraria suena muy mal en los oídos de los muertos y les acerca más a su muerte definitiva (o muerte-muerte), por eso los muertos sin funeral mueren menos.

De lo dicho hasta ahora se concluye que hay distintos estados de mortandad y que éstos definen clases o categorías principales de muertos incluyendo los muertos que no saben que están muertos, aunque todos ellos tienen algo en común, y es ese intento desesperado por hacernos llegar una única petición, al final siempre desatendida: “Acordaos de nosotros”.

Wittgenstein

Marzo 26, 2008

Wittgenstein discute, en su obra Investigaciones Filosóficas, la posibilidad de un lenguaje que sólo pueda ser entendido por un individuo, y por él oído, y que se refiera a acontecimientos mentales interiores y, por lo tanto, ocultos o secretos para los demás. Si este lenguaje existe, Wittgenstein piensa que es intraducible debido a que el lenguaje es un hecho social cuya formación y comprobación - y aun corrección- depende, no de la falible memoria individual, sino de la memoria colectiva, que es la condición precisa para que el lenguaje sea propiamente tal, sea comunicable y, por lo tanto, traducible.