Me despierto y pienso en los muertos. Pienso en mí muerto, me imagino desapareciendo de los recuerdos de los demás y me pregunto quiénes serán los últimos que me olvidarán. Sé que moriré muchas veces, cada una de ellas más definitiva que las anteriores. Desconozco cómo será la primera, pero podría describir perfectamente las que vendrán después acompañadas de un lento fundido en negro. Más que un ser terrible armado de una guadaña, la muerte se me presenta como alguien que barre lentamente pero a conciencia los rastros que hemos ido dejando por ahí.
Razono también que es difícil asumir la posibilidad de una muerte violenta, lo que por otra parte no es tan infrecuente y más adecuado si interesa ser recordado durante más tiempo, aunque en verdad no mucho. Eso sí, se admite fácilmente que esta muerte es menos definitiva que otras, como la de los viejos que mueren olvidados desde antes de morir, y medito entonces que recordar a nuestros muertos y esperar que alguien -o pagarle por ello, de esto la iglesia sabe mucho- lo haga con nosotros, es lo único que puede retrasar el inevitable punto final. Postulo además que para facilitar esta tarea es preciso cerrar las tiendas de antiguedades y prohibir los mercadillos en los que se negocia con objetos usados; sabido es que los objetos personales mantienen durante un tiempo la vinculación con los difuntos y por ello este comercio obsceno constituye una expresión horrible de los crímenes contra los muertos.
En mis visitas a los deliciosos cementerios de pequeñas ciudades del norte de Europa me entretengo en arrancar el musgo de las lápidas más antiguas, aquéllas que están a punto de desaparecer bajo el manto vegetal y cuyas inscripciones resultan ya prácticamente ilegibles, y me reconforta proporcionar instantes adicionales de recuerdo a un muerto casi olvidado (o muerto casi-muerto). En ese momento me siento un voluntario del recuerdo.
Mientras esto escribo, revivo dulcemente a algunas personas a las que quise y me doy cuenta de que ya me faltan detalles importantes. Actúo como lo haría un Dr. Frankenstein, reconstruyendo torpemente rasgos físicos que aparecen ya borrosos y vivencias entrecortadas, para dar lugar a un ser que muy poco se parece a nadie que haya estado vivo alguna vez. No sé si a mis muertos les gusta este ejercicio imperfecto o si les incomoda. Yo me concentro y me fatigo, ejercer de Demiurgo es pesado y es preciso descansar, al menos una vez cada siete días. Acabo sacando de un cajón viejas fotografías en blanco y negro y dejo que ellas hagan parte del trabajo, mis muertos me lo agradecen.
¿Y qué pasa con los recuerdos inventados?, podríamos preguntarnos. No hay problema, todos lo son parcialmente; evocamos imágenes filtradas por lo que queda de las sensaciones que tuvimos hace años. Es éste un ejercicio memorístico en cascada: en cada salto perdemos información y añadimos otra.
Y los muertos, ¿participan activamente en este proceso?. Desde luego que sí, sabido es que los que aún no han muerto del todo se sientan a veces en la mesa de los vivos, casi nunca al lado de los niños, pues prefieren la melancolía al ajetreo y se sienten más cómodos cerca de las personas que miran sobre todo hacia atrás y no tanto al lado de aquéllas que apenas tienen pasado. El espíritu navideño debe mucho a los muertos que vienen a sentarse en la mesa de los vivos.
Hay muertos compartidos (sobre todo los más recientes) y muertos particulares en los que ya sólo piensa alguien de vez en cuando. Éstos últimos son los más agradecidos, pero su presencia nos entristece y la rechazamos porque intuímos que no les queda mucho para convertirse en muertos-muertos (dícese de los definitivamente olvidados).
¿Es tal vez la historia la que puede devolverles la vida de forma sistemática?. ¡Por supuesto que no, de ninguna manera!, éste es un asunto que indigna profundamente a nuestros muertos porque obvia que el recuerdo importante no es otro que el anecdótico-afectivo, desprovisto de intereses científicos despersonalizadores. Para revivir hay que personalizar, no existe alternativa.
¿Y qué decir de los funerales? Nada, salvo que constituyen la ritualización del olvido, un acto en el que familiares, amigos y simples conocidos se reúnen para la postrer despedida. El adiós definitivo representado por la celebración funeraria suena muy mal en los oídos de los muertos y les acerca más a su muerte definitiva (o muerte-muerte), por eso los muertos sin funeral mueren menos.
De lo dicho hasta ahora se concluye que hay distintos estados de mortandad y que éstos definen clases o categorías principales de muertos incluyendo los muertos que no saben que están muertos, aunque todos ellos tienen algo en común, y es ese intento desesperado por hacernos llegar una única petición, al final siempre desatendida: “Acordaos de nosotros”.